Lucubremos
sábado, 26 de septiembre de 2015
El montañista. Cuento publicado en Literatun.
Hace algunos meses escribí un cuento dedicado a mi hermano mayor. El cuento se llama "El montañista". Haga click en el enlace que aparece a continuación para leerlo: Literatun: El montañista (Autor: Michel Yammine)
martes, 18 de diciembre de 2012
Bastón
Eres y sostienes mi dependencia,
mástil innecesario,
refugio de mi discapacidad fingida.
Con el bastón tanteo mucho
y piso poco.
Camino con bastón,
camino con el purgatorio en la mano:
ni animado
ni paralizado,
ni bueno
ni malo.
¿Será por miedo a sufrir como Dios manda,
a ser normal,
a ser multitud?
Llevo bastón
pero no soy viejo,
soy niño que viaja mal.
Llego a casa.
Libertad.
Me desprendo.
Como guerrero que llega a morada
después de no luchar contra nada
más que contra sí mismo.
Siempre gozo el recorrido.
El bastón se lleva la atención,
yo me llevo la lástima,
la pena placentera.
Me llevo lo que quiero:
padecer mi mal de bastón.
jueves, 1 de marzo de 2012
Ciudad padeciente
Se desprecia a sí misma,
no se soporta,
abomina su propio nombre.
A veces ni se reconoce,
cree que su aspecto no habla de ella.
Esta ciudad se siente extranjera dentro de su propia historia.
La comprendo,
sólo está orgullosa de sus planicies,
de donde no hay nada,
de donde no la han alterado,
de donde hay sólo tierra que espera tormenta.
Ya ven, no parece una ciudad moderna.
Cae la tormenta;
la ciudad ha descifrado sus carencias,
lo sabe todo.
Ha descubierto la manera.
En la lluvia ha visto su reflejo
desfragmentado en miles de pequeños espejos:
las gotas.
Ciudad que quiere ser desierto,
ciudad que quiere revelarse.
No su gente, ni sus animales,
sino ella con su cuerpo
de edificios y de calles.
Ella anhela autodestruirse,
cada imperfección que la compone lo dice.
Desea que la niebla ocupante de sus vías sea inflamable
para que el sol le haga caminos de fuego
que le permitan huir en pleno día.
Ha soñado con ver a los espectadores
incinerados de vergüenza.
No han sabido tratarla,
no han sabido quererla.
Ella es sitio y quiere mudarse.
Qué difícil es ser cuerpo y estancia a la vez.
La conciencia de la ciudad reposa en la rutina diurna
y despierta con el silencio anochecedor.
Lucidez extrema en la madrugada,
es su momento.
Piensa harta que debe irse
a un lugar de pura sequía,
sin lluvia, sin espejos.
Vivirá en su eterno desconocimiento.
Se prepara para marcharse.
Al amanecer temblará.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Crecimiento en descenso del alma
I
Los peores golpes son los continuos, los inevitables, los diarios, los rutinarios. Esa constancia resignada es un golpe multiplicado por la costumbre, que regresa siempre con más impulso. Los llamo “golpes de realidad”. Sí, qué nombre tan simplón, pero no lo adornemos, sería camuflar su crudeza. Son incesantes e invariables, tan seguidos que se vuelven un mismo ruido que aturde, pesa, fatiga y finalmente duele, deshaciendo cualquier motivación, desgarrando cualquier propósito, anulando cualquier pasión. Estos golpes son inesquivables, se vive con ellos, como una culpa externa que invade a diario. La mejor forma de morir es morir por ellos, entregados, sin forcejeo. A veces luchar equivale a malograrse uno mismo, a caer más profundo, a tomar impulso para impactar con más fuerza, a odiarnos, y esta actitud no encierra odio, no es tan vacía. Encierra una firmeza hastiada que explota en su deseo de honestidad, de ser esencia y no medio. La lucha es entonces, en ciertos momentos, una forma indirecta de suicidio.
De ahí nace toda repulsión a frivolidades. “¡Qué cruel!” dicen. Pero es sincero, es un sentimiento transparente, producto de una vida opaca. Es la búsqueda incesante por lo estable; lo encontré en la oscuridad. No fue por comodidad, todo fue objeto de un rumiar que crece, de un hambre de tranquilidad que sólo el vencido puede saciar. Lo niegan a toda costa, pero ya algunos lo descubrimos un poco (sin idolatrar su certeza), creemos que asquearse uno mismo es un escalón fundamental de crecimiento. Verse y aceptarse fútil es en parte madurar para intentar morir digno de algún final en armonía, en blanco. Pero nos tenemos miedo, nos evitamos. Triunfamos para los demás y lo prolongamos por un tiempo bien estirado para subsistir con victorias caducadas, que hasta frescas eran absurdas. Muchos han preferido vivir engañados, no se soportan a sí mismos, se disfrazan para sentirse ajenos y en tal sentido: tranquilos, sin responsabilidad de preguntarse a sí mismos cualquier cosa, pues saben que la mínima duda despierta al animal que vive bajo la sombra, a esa idea oculta y presente de que “existen de más”.
Tampoco hay salidas porque una salida tiene que ser limpia, en paz, sin peros, perfecta, no sobrellevada. Creerse feliz a esta hora es osar, es propagar el narcisismo. Creerse feliz es ignorar a un mundo devastado por ambiciones. A su vez, el tiempo nos condena a vivir y nosotros condenamos al tiempo a vivirnos, a ser partícipe de un sufrimiento que no es claro, a menos que se vea por dentro. Y no hay duda de que el tiempo sabe ver por dentro.
Todos somos víctimas en un mismo grado, con percepciones distintas. Diferimos en las miradas, nos engañamos con lo superficial para intentar complacer lo más profundo, siempre en vano.
Motivamos un trayecto a la deriva con barcas llenas de hoyos que predicen ahogamientos torpes, producto de una vida sin explicaciones, de una vida que es la espera de aquel afrontamiento mortal. Sí, “aquel” porque lo vemos lejano, por cobardía. “Esperamos la muerte”, esa es mi definición seca de trayecto, de vida. En conjunto; esperamos andando sin andar porque el fin es el mismo, tanto para los que corren como para los que reposan. Aguardemos al menos con brazos abiertos a nuestro propósito esencial. Será el momento en donde más sonreiré. Morir será mi primer acto honesto en concordancia con la existencia.
Parte I escrita por: Michel Yammine
II
Siempre se termina en alguna misión suicida de la cual no se quería ser partícipe, de la cual todos erramos al concretarla. El dolor es un medio, no un mecanismo, auguramos en el hastío nocturno de lo que resta de vida. Somos menos que la memoria colectiva que nos engancha.
Se ve la vida pasar, a la velocidad ecuánime del palpitar de los autos atestados de gente, sin rumbo, bajo el clamor de la rutina, nuestra sociedad se sumerge bajo el régimen del tiempo. Todos, millones de ojos, todos vacíos, observan y sobreviven, sin vida.
El vacío es apenas la magnificación de nuestras vidas pálidas, del odio que engrandece nuestro orgullo. De vacío está hecho el mundo, por eso no escuchamos más allá de su eco inerte que aparenta llenarnos.
El utópico planeta cíclico que nunca duerme, que nunca descansa, que nunca se apaga, está siempre relleno de gente clamando en secreto por el fin, augurando el momento del caos, en que todo termine, con la sensación sofocante que indica que todo está mal, que cada día todo se pudre un poco más.
El eco de algo se escabulle entre los oídos, no quiere ser escuchado, sólo pretende alejarse sin levantar atención alguna. No quiere dar esperanza, no quiere extender el sufrimiento colectivo al que estamos atados. Qué determinación existe para arruinarlo todo, el ser humano y su necesidad de afecto, aferrado a engranajes que aparentan suplir estas necesidades, que le destruyen y sofocan, que tergiversan el verdadero sentimiento. Cuántos rostros tristes aparentemente ajenos riegan con pena su desdicha por el asfalto.
Almas rotas se desangran por los ojos, a la vista de una sociedad desprovista de ojos. La ceguera colectiva reemplaza ojos y sentimientos por algo más plástico y maleable, algo hueco que perdura en el tiempo. La tristeza se transmite de ser en ser, al igual que la ceguera, aparecemos condenados a vivir invidentes y tristes, marchitos, al fin y al cabo.
Parte II escrita por La Iguana.
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| Ilustración hecha por La Iguana (http://www.noneclectic.tk) |
viernes, 25 de noviembre de 2011
Guerra. Poema publicado en Revista Bonsái.
La 5ta. edición de la Revista Bonsái publicó un poema de mi autoría titulado Guerra. Haga clic en el enlace que aparece a continuación para leerlo: Bonsái: MICHEL YAMMINE
domingo, 2 de octubre de 2011
Deux chats
Vinieron los gatos
y aquí se quedaron,
postrados en brazos
del mueble rasgado,
mirando la tele,
maullando sin llanto;
se quejan de nada
y duermen de a ratos.
Estiran el lomo,
se lamen las manos.
Se quieren a veces,
se juegan sin daños.
Qué haría un domingo
sin Desmond y Brandon.
miércoles, 17 de agosto de 2011
Represión
Impedir el desarrollo normal de alguna destreza en cualquier persona funciona como factor que retarda la acción plena del visionario que porta dentro de sí mismo una posibilidad de trascendencia. El estorbo jamás debería imposibilitar de manera permanente aquel deseo remoto (y a su vez latente) de evolución natural, de ser en su máxima expresión: “uno mismo”.
Las ansias de manifestar esa autenticidad innata se explotan asiduamente en el interior y a su vez aparecen soslayadas penosamente en la actividad del precursor menguado, debido a centenares de razones que bordean la conveniencia, la sagacidad y la cobardía.
Toda esta represión llega a causar más frustración cuando aquello oculto tiene un propósito noble y humano, un propósito generoso y colectivo. Tal privación por lo tanto le incumbiría esta vez a cualquiera, se transformaría automáticamente en el impedimento de una habilidad con fines filántropos, que va no sólo a los necesitados, sino también a los deseosos de la realización del bien común.
Los sueños lejanamente realizables no mueren sin nuestra convicción, ellos tienen la ilusión de expresarse en cuanto se les permita. Siempre hay oportunidad de drenar lo sincero cuando la potencia es insostenible. Siempre tendremos hoyos por donde se filtren esos destellos de luz pura que para cualquier espectador revela el propósito honesto del emisor.
Si mi deseo ignorado es escribir; consideren esto un hoyo que espera destello.
Lo escribo porque sigo esperanzado. Intento convencerme de que todavía mi núcleo en potencia existe, está en coma pero al menos existe. Sé que afirmo todo esto como un filósofo empedernido con su teoría optimista que no conduce más que a la inanición de una realidad forzada. Como si plasmarlo le diera autoridad de ser. Pero la verdad es que indirectamente le estoy dando fuerza con este acto de presencia, de demostración, de insistencia. Sin ingenuidad y sin euforia porque entusiasmarse demasiado es peligroso para algo tan frágil que puede desdeñarse en cualquier momento.
Estamos poniendo nuestra esencia en juego, estamos ahuyentando nuestra paz con la sombra de la misma. Nos estamos conformando con el encasillamiento. Le estamos sonriendo a la esclavitud. La lucha es complicada porque se batalla en este caso contra uno mismo. Se trata de una pugna cuya victoria traslada osadía, riesgo y entrega a una aptitud que omitiendo el ego inútil consideramos imprescindible para nuestro desarrollo. El desprendimiento es la única arma que conozco, nunca fue tan necesaria, servirá un poco si queremos darle algo de plenitud a la existencia. Para ello hay que verse uno mismo; ser casa y visitante a la vez. Invítense a sus propios lugares.
Excavémonos el alma para encontrarnos el deseo, el motivo, las ganas. Esta excavación es individual con fines compartidos. Empecemos así, con una ilusión que lleve nuestro propio nombre.
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