lunes, 1 de noviembre de 2010

Pensamientos de pólvora seca

El alma humana es orgullosa, está repleta de amor propio. Esto trae consecuencias determinantes en nuestro desenvolvimiento exterior. Nos protegemos sin ser atacados, nace un miedo cerval que radica en la posibilidad de que se denote alguna flaqueza en nuestras convicciones. Queremos mostrarnos firmes e irreversibles, de ideas claras, como personas seguras de pensamiento.

Todo esto nace detallando la manera en cómo se comunican las personas, los diálogos más fluidos llevan detrás, una fortaleza donde se esconde el orgullo, pendiente éste siempre de relucir en cuanto tenga la mínima oportunidad. Pude constatar que mientras estamos solos y sin interacción con los demás, las ideas están siempre pasivas y relajadas. Si empezamos a pensar en ellas puede que veamos destellos de posiciones y argumentos personales que avalen las mismas. Pero muy leve es el nivel de seguridad y firmeza, ya que si somos meticulosos, nos decimos; “Habría que pensar más en ello, formularnos más variables, estudiarlo más a fondo” y toda la demás palabrería autocomplaciente que acostumbramos para apaciguar el asunto de inmediato. Así va disminuyendo la lucubración, se esfuma, quedando pendiente ese análisis para una ocasión que realmente necesitemos.

¿Cuándo realmente necesitaremos esa idea inmaculada? Esa idea nítida es indispensable cuando nos enfrentamos a “otros”, a una contra parte. En un dialogo sin escrúpulos las ideas fulguran en un instante imperceptible, iluminando de un extremo a otro nuestra mente, ahora ante el “adversario” las ideas se vuelven fuertes como nunca habían sido, ni siquiera para nosotros mismos, están llenas de amor propio, las creamos y ahora las protegemos como sacristanes. Ya todo nos parece irreversible, no podemos cambiar de parecer, sería entumecer nuestra autoestima. Al debatir nuestros pensamientos con un agente externo, nos convencemos completamente de nuestra posición, no vemos ya nada ofuscado, todo es reciente, nos han azuzado y por ello nos hemos convencido de lo que pensamos, todo impulsado por una protección infantil a nuestra dignidad, a una dignidad artificial, hecha con lagunas presumidas que pueden ser llenadas de humildad natural y sincera.

Gran parte de nuestros pensamientos son pólvora seca que esperan impetuosos la chispa de una antítesis para explotar deliberadamente sin mirar a su alrededor. Por consecuencia, es posible que a veces sea tal la explosión que ya no se pueda admirar el razonamiento al cual nos enfrentamos, aunque en una mira objetiva y resignada nos parezca este; certero y razonable. Pero ya hemos quedado sordos y ciegos, repletos de llagas gracias a nuestras propias llamaradas, muy tarde para alabar al “otro”. Sin darnos cuenta, volvimos cenizas al maestro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario