Hechos ciertos son nacimiento y muerte,
vida y tiempo llenan el intervalo
de un ahora, siempre impredecible.
Qué empeño el de adornamos por miedo a depender de alguna suerte fútil.
En ese abatimiento de desesperanza por lo cierto, creamos el amor.
Ese disfraz de ganas terrenales.
La humanidad quiere acomodarse en una cuerda de pasión
y danzar sobre ella esperando ser arraigado y permanente.
Es la necesidad de convencernos que somos algo real,
que vivimos y damos pasos
firmes o endebles,
constantes o irregulares.
Desconozco aún quien les da tal oficialidad.
Se vive con un continuo terror, a la deriva
y se sana con una estabilidad empeñada,
con un señuelo que inventamos para utilizarlo en nuestra contra.
Se regocijan algunos en afirmar que triunfaron,
otros se creen vencidos por la nada.
Sólo gana la ficción
y quien reconoce su propio papel absurdo,
carente de razón pero sensible al trayecto,
ese escatima el impacto de las desilusiones.
Todas las acepciones perecen con nosotros.
Definir es ignorar muchas otras cosas.
La vida no se descifra ni se descubre.
La vida se vive en una decisión dueña de cada instante.
Si se vive, se acepta que se desconoce.
el sentido de la vida sigue merodeando la inexistencia.