Impedir el desarrollo normal de alguna destreza en cualquier persona funciona como factor que retarda la acción plena del visionario que porta dentro de sí mismo una posibilidad de trascendencia. El estorbo jamás debería imposibilitar de manera permanente aquel deseo remoto (y a su vez latente) de evolución natural, de ser en su máxima expresión: “uno mismo”.
Las ansias de manifestar esa autenticidad innata se explotan asiduamente en el interior y a su vez aparecen soslayadas penosamente en la actividad del precursor menguado, debido a centenares de razones que bordean la conveniencia, la sagacidad y la cobardía.
Toda esta represión llega a causar más frustración cuando aquello oculto tiene un propósito noble y humano, un propósito generoso y colectivo. Tal privación por lo tanto le incumbiría esta vez a cualquiera, se transformaría automáticamente en el impedimento de una habilidad con fines filántropos, que va no sólo a los necesitados, sino también a los deseosos de la realización del bien común.
Los sueños lejanamente realizables no mueren sin nuestra convicción, ellos tienen la ilusión de expresarse en cuanto se les permita. Siempre hay oportunidad de drenar lo sincero cuando la potencia es insostenible. Siempre tendremos hoyos por donde se filtren esos destellos de luz pura que para cualquier espectador revela el propósito honesto del emisor.
Si mi deseo ignorado es escribir; consideren esto un hoyo que espera destello.
Lo escribo porque sigo esperanzado. Intento convencerme de que todavía mi núcleo en potencia existe, está en coma pero al menos existe. Sé que afirmo todo esto como un filósofo empedernido con su teoría optimista que no conduce más que a la inanición de una realidad forzada. Como si plasmarlo le diera autoridad de ser. Pero la verdad es que indirectamente le estoy dando fuerza con este acto de presencia, de demostración, de insistencia. Sin ingenuidad y sin euforia porque entusiasmarse demasiado es peligroso para algo tan frágil que puede desdeñarse en cualquier momento.
Estamos poniendo nuestra esencia en juego, estamos ahuyentando nuestra paz con la sombra de la misma. Nos estamos conformando con el encasillamiento. Le estamos sonriendo a la esclavitud. La lucha es complicada porque se batalla en este caso contra uno mismo. Se trata de una pugna cuya victoria traslada osadía, riesgo y entrega a una aptitud que omitiendo el ego inútil consideramos imprescindible para nuestro desarrollo. El desprendimiento es la única arma que conozco, nunca fue tan necesaria, servirá un poco si queremos darle algo de plenitud a la existencia. Para ello hay que verse uno mismo; ser casa y visitante a la vez. Invítense a sus propios lugares.
Excavémonos el alma para encontrarnos el deseo, el motivo, las ganas. Esta excavación es individual con fines compartidos. Empecemos así, con una ilusión que lleve nuestro propio nombre.