I
Los peores golpes son los continuos, los inevitables, los diarios, los rutinarios. Esa constancia resignada es un golpe multiplicado por la costumbre, que regresa siempre con más impulso. Los llamo “golpes de realidad”. Sí, qué nombre tan simplón, pero no lo adornemos, sería camuflar su crudeza. Son incesantes e invariables, tan seguidos que se vuelven un mismo ruido que aturde, pesa, fatiga y finalmente duele, deshaciendo cualquier motivación, desgarrando cualquier propósito, anulando cualquier pasión. Estos golpes son inesquivables, se vive con ellos, como una culpa externa que invade a diario. La mejor forma de morir es morir por ellos, entregados, sin forcejeo. A veces luchar equivale a malograrse uno mismo, a caer más profundo, a tomar impulso para impactar con más fuerza, a odiarnos, y esta actitud no encierra odio, no es tan vacía. Encierra una firmeza hastiada que explota en su deseo de honestidad, de ser esencia y no medio. La lucha es entonces, en ciertos momentos, una forma indirecta de suicidio.
De ahí nace toda repulsión a frivolidades. “¡Qué cruel!” dicen. Pero es sincero, es un sentimiento transparente, producto de una vida opaca. Es la búsqueda incesante por lo estable; lo encontré en la oscuridad. No fue por comodidad, todo fue objeto de un rumiar que crece, de un hambre de tranquilidad que sólo el vencido puede saciar. Lo niegan a toda costa, pero ya algunos lo descubrimos un poco (sin idolatrar su certeza), creemos que asquearse uno mismo es un escalón fundamental de crecimiento. Verse y aceptarse fútil es en parte madurar para intentar morir digno de algún final en armonía, en blanco. Pero nos tenemos miedo, nos evitamos. Triunfamos para los demás y lo prolongamos por un tiempo bien estirado para subsistir con victorias caducadas, que hasta frescas eran absurdas. Muchos han preferido vivir engañados, no se soportan a sí mismos, se disfrazan para sentirse ajenos y en tal sentido: tranquilos, sin responsabilidad de preguntarse a sí mismos cualquier cosa, pues saben que la mínima duda despierta al animal que vive bajo la sombra, a esa idea oculta y presente de que “existen de más”.
Tampoco hay salidas porque una salida tiene que ser limpia, en paz, sin peros, perfecta, no sobrellevada. Creerse feliz a esta hora es osar, es propagar el narcisismo. Creerse feliz es ignorar a un mundo devastado por ambiciones. A su vez, el tiempo nos condena a vivir y nosotros condenamos al tiempo a vivirnos, a ser partícipe de un sufrimiento que no es claro, a menos que se vea por dentro. Y no hay duda de que el tiempo sabe ver por dentro.
Todos somos víctimas en un mismo grado, con percepciones distintas. Diferimos en las miradas, nos engañamos con lo superficial para intentar complacer lo más profundo, siempre en vano.
Motivamos un trayecto a la deriva con barcas llenas de hoyos que predicen ahogamientos torpes, producto de una vida sin explicaciones, de una vida que es la espera de aquel afrontamiento mortal. Sí, “aquel” porque lo vemos lejano, por cobardía. “Esperamos la muerte”, esa es mi definición seca de trayecto, de vida. En conjunto; esperamos andando sin andar porque el fin es el mismo, tanto para los que corren como para los que reposan. Aguardemos al menos con brazos abiertos a nuestro propósito esencial. Será el momento en donde más sonreiré. Morir será mi primer acto honesto en concordancia con la existencia.
Parte I escrita por: Michel Yammine
II
Siempre se termina en alguna misión suicida de la cual no se quería ser partícipe, de la cual todos erramos al concretarla. El dolor es un medio, no un mecanismo, auguramos en el hastío nocturno de lo que resta de vida. Somos menos que la memoria colectiva que nos engancha.
Se ve la vida pasar, a la velocidad ecuánime del palpitar de los autos atestados de gente, sin rumbo, bajo el clamor de la rutina, nuestra sociedad se sumerge bajo el régimen del tiempo. Todos, millones de ojos, todos vacíos, observan y sobreviven, sin vida.
El vacío es apenas la magnificación de nuestras vidas pálidas, del odio que engrandece nuestro orgullo. De vacío está hecho el mundo, por eso no escuchamos más allá de su eco inerte que aparenta llenarnos.
El utópico planeta cíclico que nunca duerme, que nunca descansa, que nunca se apaga, está siempre relleno de gente clamando en secreto por el fin, augurando el momento del caos, en que todo termine, con la sensación sofocante que indica que todo está mal, que cada día todo se pudre un poco más.
El eco de algo se escabulle entre los oídos, no quiere ser escuchado, sólo pretende alejarse sin levantar atención alguna. No quiere dar esperanza, no quiere extender el sufrimiento colectivo al que estamos atados. Qué determinación existe para arruinarlo todo, el ser humano y su necesidad de afecto, aferrado a engranajes que aparentan suplir estas necesidades, que le destruyen y sofocan, que tergiversan el verdadero sentimiento. Cuántos rostros tristes aparentemente ajenos riegan con pena su desdicha por el asfalto.
Almas rotas se desangran por los ojos, a la vista de una sociedad desprovista de ojos. La ceguera colectiva reemplaza ojos y sentimientos por algo más plástico y maleable, algo hueco que perdura en el tiempo. La tristeza se transmite de ser en ser, al igual que la ceguera, aparecemos condenados a vivir invidentes y tristes, marchitos, al fin y al cabo.
Parte II escrita por La Iguana.
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| Ilustración hecha por La Iguana (http://www.noneclectic.tk) |
