jueves, 1 de marzo de 2012

Ciudad padeciente

Se desprecia a sí misma,
no se soporta,
abomina su propio nombre.
A veces ni se reconoce,
cree que su aspecto no habla de ella.
Esta ciudad se siente extranjera dentro de su propia historia.

La comprendo,
sólo está orgullosa de sus planicies,
de donde no hay nada,
de donde no la han alterado,
de donde hay sólo tierra que espera tormenta.
Ya ven, no parece una ciudad moderna.

Cae la tormenta;
la ciudad ha descifrado sus carencias,
lo sabe todo.
Ha descubierto la manera.
En la lluvia ha visto su reflejo
desfragmentado en miles de pequeños espejos:
las gotas.

Ciudad que quiere ser desierto,
ciudad que quiere revelarse.
No su gente, ni sus animales,
sino ella con su cuerpo
de edificios y de calles.

Ella anhela autodestruirse,
cada imperfección que la compone lo dice.
Desea que la niebla ocupante de sus vías sea inflamable
para que el sol le haga caminos de fuego
que le permitan huir en pleno día.
Ha soñado con ver a los espectadores
incinerados de vergüenza.
No han sabido tratarla,
no han sabido quererla.

Ella es sitio y quiere mudarse.
Qué difícil es ser cuerpo y estancia a la vez.

La conciencia de la ciudad reposa en la rutina diurna
y despierta con el silencio anochecedor.
Lucidez extrema en la madrugada,
es su momento.
Piensa harta que debe irse
a un lugar de pura sequía,
sin lluvia, sin espejos.
Vivirá en su eterno desconocimiento.

Se prepara para marcharse.
Al amanecer temblará.